El colchón de los abuelos

No hace muchos días, tuve la oportunidad de conversar con un pequeño empresario que me comentaba la situación por la que pasaba su empresa en la crisis. Una parte de sus productos (recuerdos de Cantabria), van destinados a la venta a turistas que pasan unos días en Cantabria, especialmente a personas mayores que acuden en viajes organizados.

“Hemos notado la crisis de manera especial”, me decía, “pues gran parte de nuestros productos, eran adquiridos por personas mayores, y de tres o cuatro años para acá, los grupos de turistas siguen llegando pero esa compra no incluida en su paquete básico del viaje ya no la efectuaban para ahorrar y poder ayudar a su familia”. Lógicamente se imponen las prioridades y la familia es lo primero.

Un efecto indeseado mas de la crisis: el descenso en el consumo de bienes de ocio, por parte de un sector de la población que hasta ahora había aguantado duramente la sacudida de esta prolongada crisis: los jubilados. Los abuelos.

A pesar de que las pensiones en su mayor parte no suponen unos ingresos demasiado abundantes, sino más bien lo contrario, si que gozan de una cualidad de la que no gozan todos los hogares en estos momentos: la seguridad del ingreso en las familias al final de cada mes.

Un dato:

· Antes del estallido de la crisis en el año 2007, había cerca de 100.000 hogares con todos los miembros en paro y en la que convivía una persona mayor de 65 años.
· En el año 2011, esta cifra superaba con creces las 300.000 familias, es decir, tres veces más, en menos de cinco años.

Y sin llegar a esa situación extrema, hay estudios que cifran en el 20% los abuelos que ayudan económicamente a sus hijos y nietos a pesar de que los ingresos de sus pensiones no sean muy altos. Esta ayuda resulta en muchos casos vital para la alimentación y subsistencia básica de su familia.

De esta manera, las pensiones suponen, además de una forma de garantizar unos ingresos para mantener mínimamente la calidad de vida a nuestros mayores, una especie de “colchón” de seguridad con el que asegurar la cohesión social. La tendencia a vivir con el abuelo es mayor en aquellas familias que viven una situación más precaria. Y es la familia quien esta amortiguando unos demoledores efectos de millones de familias.

Todo ello a costa de las penalidades de una generación de personas mayores que trabajó muchisimos años con mucho esfuerzo, soñando que sus hijos pudieran salir adelante, que “progresaran”, mas allá de lo que habían podido hacer ellos dadas las limitaciones existentes en otras épocas en “blanco y negro”.

Un estudio publicado en 2012 por Funcas sostenía que más de un millón de abuelas cuidan regularmente a sus nietos en España. El estudio refleja la creciente participación de los abuelos y abuelas en el círculo familiar, y el sostén que representan en él, desempeñando también un importante papel como ‘cuidadores’ al hacerse cargo de sus nietos mientras los padres salen a trabajar.

Pero no quiero reducirlo a datos estadísticos. Se trata de una percepción que muchos podemos contrastar: multiples casos en los que una pensión de poca cuantía que antes de la crisis se destinaba solo a las necesidades de la persona mayor, tiene que alimentar ahora a una familia numerosa.

No cabe hablar de pobreza absoluta ni de hambruna, pero los indicadores muestran que cada vez más hay pobreza relativa y desigualdad social. Y esta situación tiene y tendrá efectos negativos en todo lo que tiene que ver con nuestro Estado de bienestar: la educación, la sanidad y la dependencia.

El reparto entre toda la familia de una pensión, normalmente no muy alta, puede lograr evitar situaciones de exclusión, pero hace que la pobreza relativa se desaparrame como una mancha de aceite, afectando a todos los miembros del hogar.

Y siendo así nuestra realidad, cabría preguntarse: ¿Por qué damos por hecho que los abuelos tienen que sacrificarse? ¿No estan en su momento del merecido descanso y disfrute después de tanto sacrificio?.

Pero sobre todo, quedan estas cuestiones: ¿Cuánto se podrá estirar la solidaridad familiar sin que se rompa algún muelle del colchón?. ¿Cuánto tiempo van a poder nuestros mayores hacer el papel que le correspondería realmente a la protección social y constitucional que el Estado debería estar prestando ya?.

Porque el día que ellos fallen, y no alcanzo a imaginar cuanto tiempo más podrán seguir aguantando esta situación, estaremos iniciando la caida al vacio, pero ya sin “colchón” con el que amortiguar el golpe.

Artículo publicado por “El Diario Montañés” el 29 de abril de 2.014

 

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